Formigal (I)

 

Mi primer contacto fue como mirar a través de una postal con cristales.
Empezar de 0 un 5 de agosto .Un comienzo sano, como si la montaña me recordase que hay vida más allá de todo lo que ya creemos conocer bien.

Esa mañana desperté dos veces.
El primer despertar fue una habitación donde me sentía cómoda, similar a otras tantas en las que me he sentido acogida. El segundo ocurrió poco después del primero, cuando con inocencia agarre unas cuerdecitas que con un suave movimiento descendente me mostraron el mejor de los escenarios que he descubierto este verano.
Tras muuuchaaas horas de carretera, llegamos por fin al Valle del Tena, en las montañas de Aragón. Para que nos situémos mejor, nos encontramos en la zona más septentrional de la provincia de Huesca, muy cerca de la frontera con Francia.

Una zona muy turística que, sin embargo, no se ha permitido perder la esencia del Pirineo y se mantiene fiel a su estilo Rustico. Un lugar íntimo y lleno de vida que permite respirar el aire del bosque durante el día, a la par que te sumerges en su vida nocturna acompañada de una cerveza cuando el sol se oculta tras las cimas.
Unas cimas que coronan cada una de las montañas que, inalteradas por el tiempo, se extienden infinitas, llenas de senderos y promesas de lugares increíbles por descubrir.

Allí estaban, como si me hubieran estado esperando toda la vida, alzadas sobre un valle que parece explotar en colores y vida.
Elegante en su amanecer, vestido de verde y azul, y coqueto al atardecer cuando parece resguardarse en una sábana de nubes anaranjadas, reflejadas en un lago que no puede sino devolver esa imagen.

Formigal, ese lugar donde despertar es sinónimo de empezar a soñar.

Ruta de los Infiernos (I)

 

Siempre me había costado entender por qué un pintor necesitaba viajar y descubrir nuevos lugares para encontrar la inspiración.
Teniendo a su disposición tal cantidad de fotografías y reportajes de enorme calidad en los que basarse, parecía absurdo tener que desplazarse en vez de plasmar lo que tenia al alcance de un click.

Ahora he comprendido que lo que una imagen te muestra, en una caricatura visual de lo que experimentas al sumergirte tú mismo en esa realidad.

Vivimos muy cómodos al creer que sabemos cómo huele el bosque, aunque no nos hayamos perdido en ninguno. Creemos poder pintar un cuadro de una montaña, pero tenemos demasiado miedo a enfrentarnos a ella y saber que hay colores que ni si quiera imaginábamos que existían. Se nos llena la boca al hablar del agua cristalina de los ríos, pero nunca nos hemos sumergido en un manantial de deshielo y hemos sentido cómo se congelaba nuestro cuerpo.
Nos quejamos del dolor de los pies al caminar sobre el asfalto, pero no podemos comprender lo que es echar de menos ese dolor cuando lo provocan las piedras al descender una cima.
Cada uno somos artistas de nuestras propias vidas, y sin viajar, nos limitamos a encerrar al pintor en una fotografía, al escritor en un borrador, y al músico en una instrumento estropeado.

Cuatro cuerdas y el pringao de Paul

Eres una persona especial. No para mí, sino para la vida, para las personas que saben o intentan vivirla.
Un 31 de agosto. Córdoba, una guitarra y tú.
Iluminaste plazas y llenabais de sonidos salones de barrio.
Continuasteis mis vacaciones unos días más, como si de una terapia pre-rutina tratase.

Te escribo porque no es 2019 y no he escuchado esa grabación de una tarde en Córdoba con LOS CACOH PUETOH.
Pero he oído las risas y han conseguido hacerme reír un día cualquiera de mayo de 2018.
Te dije que llegarias a ser alguien grande. Me equivoque.

Lo has sido siempre.

“Ahora ven” solo me recordaba a un pringado. Ahora por fin, solo me recuerda a ti (otro pringado, sí) y a volver a soñar.

Gracias por todo amigo. Sigue haciendo eso que haces,

que no es ni música,

ni libros,

ni terapias,

ni locuras.

sigue haciendo magia,

y demostrando que no hay ningún truco.

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Te quiere Marta Cordobesa Bailonga.

Cuatro o cinco momentos es todo lo que se necesita.

Un día conversé con una paloma que se había negado a volar. Cuando le pregunté por qué no bailaba con el viento se encogió de hombros y se limitó a decirme que las ardillas no vuelan. Tan confundida estaba con lo que creía ser que había olvidado mirar las nubes y tratar de alcanzarlas.

Una noche obervé un bosque arder. Cuando hable con la montaña me dijo que no encontraba otra forma de hacer que la oscuridad desapareciese. Mientras caminaba de vuelta a casa me compadecí de ella, no había sido capaz de iluminar el mundo sin destruirse a si misma y a todo lo que en ella vivía.

Una tarde reposé sobre un árbol y me fijé en que había dado la vuelta a sus hojas, dándole la espalda al sol. Cuando trate de decirle que de esa manera lo único que conseguiría era marchitarse y menguar, con indiferencia me respondió que me equivocaba, que no era capaz de comprender sus motivos y se refugió en lo profundo de sus raíces. Allí en silencio derramé una lágrima. Tanto le preocupaba cada una de sus hojas y de sus flores, que se había cerrado al mundo para centrarse en ellas y tenerlas vigiladas, aislándose del viento, de la luz y de la promesa de música escondida en los cánticos de cientos de pájaros que no podían descansar en sus ramas.

Una madrugada vi en la distancia una voraz tormenta desbocada. Cuando corrí tras ella y traté de alcanzarla, apretó el paso para tratar de dejarme atrás. Al preguntárle el por qué de su violencia, me confesó que allí por dónde pasaba, sembraba destrucción, y que por éllo trataba de ir más rápido, para estar lo menos posible sobre un lugar para evitar arrasarlo por completo. Me dije a mi mismo que aquello no tenía sentido, que no era capaz de ver que su naturaleza era destructiva cuanto más huía de ella, que en su carrera convertía brisas en tempestades. Que si se permitía elegir no ser un huracán sino un suave aire, podría visitar más lugares detenidamente, sin miedo a destrozarlos.

Una mañana di un paseo por las extensas orillas de una playa virgen sin nombre ni necesidad de tenerlo. Cuando traté de zambullirme en el mar, éste retrocedió repentinamente. Al conversar con él, me confesó que tiempo atrás había sido testigo de cómo varios barcos se hundían en sus frías aguas. Sentado en la arena me permití reflexionar sobre esas palabras. Tanto miedo tenía de que me ahogase que no había tenido tiempo por preocuparse en preguntarme si yo sabía nadar o no, y como consecuencia me negaba el placer de bucear entre sus corales, y a él mismo el placer de enseñármelos.

Cuatro o cinco momentos es todo lo que se necesita.

El momento en el que eliges seguir arrastrándote por el suelo, o mirar a tu lado y ver que tienes unas hermosas alas para surcar el cielo.

El momento en que decides entre usar la cerilla y prenderte fuego, o apagarla sabiendo que no hace falta brillar siempre, que la noche está para descansar y ya brillarás al amanecer.

El momento en el que puedes escoger entre darle la espalda al mundo y mirar tras un caparazón de hojas secas, o beber del sol para crecer y ser una referencia para tu entorno.

El momento en el que tienes la opción entre seguir huyendo y que nadie te alcance, o sosegar tu paso y poder disfrutar de lo que ves a tus pies.

El momento en el que puedes seguir bajando tu marea, o dejar que un caminante se refresque en tus aguas y nade con los delfines que en ellas viven.

Cuatro o cinco momentos es todo lo que se necesita para ser la mejor versión de ti mismo. Cuatro o cinco decisiones pueden marcar la diferencia entre conformarte con lo que crees que eres, o tener el valor de descubrir otra versión que puede ser mejor. En la vida, solo hay cuatro o cinco momentos que de verdad importan. Momentos en los que se te presenta una decisión. De hacer un sacrificio, superar una debilidad, ayudar a un amigo, perdonarse a uno mismo. En esos momentos, nada más importa.

Cuatro o cinco momentos es todo lo necesario para ser un héroe.

José M G R

Observo perplejo el manto de oscuridad que envuelve mi habitación, como una lluvia de notas ahogadas en un silencio nacido en la muerte de la luz, como un requiém a la esperanza perdida y los sueños quebrados.

Un vacío impuesto como respuesta a una pregunta lanzada al viento en un lugar donde todos escuchan atados a una pared con una mordaza en la boca y una prisión en sus ojos.

Y en esa nada absoluta, donde la vista parece ser una mordaz ironía, me aventuro a percibir rincones aún más profundos en los que esa misma inexistencia se arremolina de forma perversa y crea un vacío siniestro de formas que no son sino proyecciones de mis miedos.

En ese momento decido subirme al tren de los recuerdos y me veo de niño, corriendo por los pasillos de una casa que por más que habitase me parecía extraña. El zumbido en las entrañas llenaban de adrenalina mis músculos y me empujaban a salvar con brevedad la infinita distancia que separaba mi pánico de la tenue luz donde podía aspirar a la salvación. Tenía la extraña sensación de que a mis espaldas, cientos de seres peleaban por alzarse victoriosos en un debate sobre el derecho a devorar mi piel y mis huesos; y que sólo era una cuestión de tiempo que de las puertas hambrientas de las habitaciones por atravesar, una mano tenebrosa partiría mi cuello y se daría un festín con mi alma mortal. Así pues corría en ese pasillo oscuro en el que al final nunca pasaba nada.

¿Por qué le tememos a la oscuridad?

Es cierto que existe una explicación evolutiva. Somos unos seres con unos sentidos muy poco desarrollados en comparación al resto de nuestros cohabitantes, nuestra capacidad auditiva es una burla en comparación a la de un perro, nuestro olfato es despreciable hasta para un cerdo, y la vista resulta cómica si la comparamos con la de un gato para el que nuestra oscuridad no es más que un tenue atardecer.

En esa incapacidad de ver tras la caída del sol, el ser humano hubo de adaptarse a una vida diurna, donde desarrolló todas sus actividades primarias, en la que podía recibir la suficiente información para elaborar una respuesta aprovechando el poder de su cerebro superior, y así dominar el medio y moldearlo a su antojo. Pero la noche era el peligro, la noche significaba la muerte de un niño devorado por los lobos, de un padre despeñado por un acantilado que no pudo ver, de una amenaza constante de experiencias traumáticas para la supervivencia del individuo.

En la actualidad hemos llegado a dominar esos peligros, pero el recuerdo impreso en el subconsciente de nuestra especie sigue presente, aún teniendo la evidencia de una ausencia de depredadores en nuestros hogares, seguimos encogiéndonos de terror cuando un ruido fortuito decide dibujar un trazo en el silencio de nuestras habitaciones.

Aún así no podemos resignarnos a afirmar que todo responde a ese principio evolutivo, pues trascendimos las limitaciones de nuestros instintos miles de años atrás, cuando dominamos el fuego, la rueda y el lenguaje.

Creo que el temor a la oscuridad es una maldición que se ha instalado inherente en nuestra definición de seres racionales, porque la oscuridad es simplemente eso, ausencia de razón. Es el lugar donde no podemos obtener respuestas, una metáfora a nuestra insaciable hambre de conocimiento y la incapacidad de saciarla completamente.

Cuando miramos fijamente un punto de sombras arremolinadas, impenetrable, nos observamos a nosotros mismos, despidiendo a un ser querido que no sabemos si volveremos a ver. Ese vacío es un interrogante sonriendo a lo imperceptible de un futuro sin desvelar y al remordimiento de una decisión equivocada, un sueño del que despertamos sin saber cómo termina y un cargo de conciencia por no poder enmendar un error que nos acompaña en el presente.

Y ahora miro tu boca, miro esos ojos que tanto han iluminado mis noches, y veo oscuridad. Araño tus pensamientos y por las grietas de tu piel observo cómo se filtra un humo denso, una bruma que rodea cualquier respuesta que crea poder obtener y lo convierte todo en un negro absoluto, en una melodía sin notas y en un mar sin agua.

Veo ausencia de conocimiento, incapacidad de obtener una respuesta a los interrogantes que hace dos días parecía no tener discusión posible. Un vacío que responde a un te quiero con un golpe de mudo frío que desmenuza las palabras hasta convertirlas en sonidos sin despertar.

¿Qué había de cierto en esos brazos rodeando mi cintura? ¿Cuán cómoda estaba tu cabeza cuando reposaba sobre mi hombro, cuando se alzaba para encontrarse con mi mirada y dibujar un susurro de amor en tu rostro? ¿Cómo puede existir oscuridad en tus manos entrelazadas con las mías mientras me preguntabas cuánto te quería y exigias que te dijese unas palabras bonitas sobre las que mecerte y permitirte soñar?

Me pides que recuerde eso desde la distancia, que haga un acto de Fe y asimile que la persona que ha vivido conmigo los últimos meses era solo un producto químico que respondía a una fase de tu vida que no es la real, que tu no eres esa persona.

Y sonrío.

Sonrío porque me doy cuenta de que tu también hablas desde la oscuridad, porque tu eres esa niña que corre por los pasillos huyendo de esos monstruos que no existen, por el simple hecho de que hace miles de años tus antepasados morían en cazados en la noche. Sonrío porque en muchas ocasiones del pasado te has enfrentado a esa oscuridad y las respuestas que has obtenido han sido dolorosas, un fracaso que si bien algún día te aportaba felicidad, también te provocó dolor. Y esa experiencia te hizo conformarte en lo que eres creyendo que la mejor manera de parar un volcán es con un muro de hielo.

Necesitas una respuesta, aquí tienes la mía.

No puedes empeñarte en alzar tu voz sobre ti misma para reclamar un derecho a afirmar qué es lo que eres y qué es lo que no eres, para sentenciar que lo que has sido no es real y que lo que crees que lo es existe. Aleja de ti la ansiedad que pueda provocarte enfrentarte a una situación con las mismas armas que te enfrentaste tiempo atrás, pues quizás está vez el fuego con el que combatiste a unos lobos, lo estés usando contra un pájaro que, lejos de atrapar en sus mandíbulas tu libertad, esté tratando de alzarte sobre sus alas y enseñarte el mundo desde las alturas. No te dejes llevar por el miedo a lo desconocido creyendo que el puente que cruzas está lleno de tablones carcomidos apunto de desprenderse y precipitarte al vacío.

No sucumbas a tus instintos de supervivencia ni tengas miedo de obtener las respuestas que se ocultan en las sombras. A veces solo se necesita un poco de luz para transformar la noche en una primavera.

Yo soy un firme puente, extenso como un eterno pasillo iluminado con cientos de antorchas en el que viven miles de aves que están dispuestas a enseñarte que los lobos murieron en los recuerdos como también lo hicieron los instintos.

Y lo que has vivido en los últimos meses no es sino un pequeño paso de un perfecto caminar en la noche de nuestras vidas, bajo un cielo coronado por una luna llena que ilumina el sendero.

Una oscuridad para perderse, ella.

Una luz para encontrarse, el.

JM

Alejandro Palomas

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La verdad.
Qué cierto es eso de que cuando llevamos mucho tiempo buscando la verdad, el día que por fin la descubrimos llega lo más difícil.
¿Qué hacer con ella?
Lo curioso no es tanto haberla tenido delante de nuestros ojos todo el tiempo y no haber sabido verla hasta el último momento. Lo realmente curioso es que cuando por fin aparece, la verdad no permite largos plazos. Exige actuar, normalmente con urgencia.

Si lo reconoces, está en ti.

Volvieron a enlazar sus caminos de forma casi inconsciente.

Era difícil llevar la cuenta de cuantos días el Sol llevaba escondido tras una cortina de agua y nubes. Oculto en un abrazo gris, tratando de mostrarnos su tristeza; a la vez que nos arrancaba al ritmo del repicar de la lluvia como metáfora de su llanto, las pocas esperanzas de verle sonreír de nuevo que podíamos guardar.

Quizás su lamento se debía a la nostalgia que le provocaba recordar su eterna condena, que le priva de ver a su siempre distante amante; quizás simplemente quería acompañar el estado anímico de Alma que se esforzaba por reconstruir lo que a martillazos se vio obligada a despedazar.

Una diminuta llama que luchaba contra el viento y las lágrimas del cielo por no extinguirse completamente, mientras observaba la ciudad enrarecida desde las alturas. No desde el trono de piedra y metal que era su terraza. Últimamente eso no era suficiente y se veía empujado a la naturaleza, al contacto con el olor que de la tierra húmeda emanaba, pues las calles y los edificios solo le recordaban su paulatina e irremediable desconexión con la realidad.

Allí, desde la distancia, en contacto con sus pensamientos, aislado del mundanal ruido, observaba la presión que la atmósfera ejercía sobre el horizonte, y la batalla que la ciudad parecía mantener contra la gravedad. La misma batalla que mantenía en su fuero interno entre lo que quería ser y lo que algún día fue y quería olvidar.

Sucedió entonces que nuestra estrella se permitió brillar por fin, transformando completamente lo que desde sus ojos melancólicos podía percibir, e insuflando con esa luz nuevas promesas a ese espíritu atormentado en busca de respuestas.

El Sol se derramó por la tierra y sus rayos lamieron los árboles de nuevo, besando sus hojas a la vez que las secaba, como también secaba el recipiente en el que esa pequeña llama luchaba por su supervivencia, permitiéndole creer que podría volver a iluminar.

El problema de La Luz es que no puede llegar a todos los rincones, en los escondites comenzaban a arremolinarse de nuevo las sombras; y los monstruos que allí nacían y se ocultaban eran menos evidentes y por tanto más difíciles de ser enfrentados.

En esta escaramuza entre lo visible y lo oculto, volvieron a enlazar sus manos. Lo cierto es que nunca habían llegado a ser del todo desconocidos, mas habían llegado a olvidarse el uno del otro. La Primera conoció a muchos parecidos a él, mientras que el Segundo había estado con muchos iguales a ella.

De nuevo Ilusion y Miedo volvieron a formar parte de un Uno, tras años exiliándose por no querer aceptar que están irremediablemente destinados a complementarse.

Miedo comenzó inmediatamente a desbaratar cualquier tipo de infantil sueño que Ilusión susurraba en los oídos de nuestro protagonista. En cada nueva pregunta, a cada renacida sonrisa, le acompañaba un siempre presente Pero. Si se permitía el lujo de alzar la vista, una mano invisible, con una fuerza irresistible, le obligaba a ladear la cabeza.

Es posible que Miedo no actuase con maldad. Puede que sencillamente quisiera proteger la inocente y bella naturaleza de Ilusión, pues era mucho más pequeña y delicada que la enorme extensión de los tentáculos de la suya. Quizás ella le necesitaba a él para que la llama no ardiese con demasiada intensidad y acabase abrasando todo lo que podían construir juntos.

Ella coqueteaba con la alegría, con la savia que brotaba de las promesas de felicidad que no podía parar de formular. Disfrutaba con la imagen que le evocaba pensar en qué nuevos acontecimientos, en qué sorprendentes personas podría conocer, y qué sentimientos podrían despertar tras esos eventos. Deseaba poder desear formar parte de algo verdadero y amable.

Él estallaba en celos. No podía aspirar a controlarlos, al igual que no podía contemplar la posibilidad de que el sufrimiento o la decepción no se ocultasen bajo cada huella que ella dejaba en el camino. Unas veces la adelantaba para escudriñar en la distancia, cambiando la dirección de sus pasos cuando lo creía conveniente. Otras se mantenía retrasado, encorvado mientras temblaba al obsesionarse sobre en qué momento ella tropezaría con la realidad y caería para romperse.

Ese matrimonio trajo consigo un cierto equilibrio, una pequeña sensación de estabilidad al Alma. Los vientos habían llegado a convertirse en una sutil brisa y la tormenta se transformó en una suave marejadilla en la que el navegante no había de temer zozobrar.

Él pudo relajarse y dejar de hostigarla, y se echó a dormir. Entonces ella, caprichosa y curiosa, aprovechó para salir a ver qué sorpresas le presentaba la vida; y esta, aprovechando que ella era liviana, la alzó por encima del resto de cabezas, y le mostró lo que no estaba preparada para ver.

Miedo despertó con pánico, e inmediatamente acudió donde Ilusión se encontraba, para tratar de obligarla a contarle qué había visto. Ella parecía haberse olvidado completamente de él, no fue capaz de contestar al interrogatorio, y se limitó a susurrar en un tono bajo al alma lo que había presenciado.

La llama cambio la tonalidad, lo que inspiró a nuestro protagonista a describir en breves palabras qué fue lo que Ilusión había experimentado:

“Y sin saber qué buscaba, apareció. Allí estaba, sonriendo, silenciando la música, silenciando los demonios. Erguida mientras clavaba sus ojos en mi.

Y la distancia con sus labios pareció desvanecerse en el lapso de tiempo en el que el resto del mundo se detuvo. Y la bese, y sentí su sabor. Desee su desnudez, desee descubrir su cuerpo y notar su calor, embriagarme con su olor. Volvió a mirarme a los ojos, y el deseo se transformó en necesidad, para acabar girándose e invitarme a seguirla. Así hice.

Entonces lo vi.

No había luz. No había oscuridad. No había promesas ni había miedos. Solo había un folio. Un folio en blanco y una pluma para escribir sobre el. Para descubrir que escribir sobre el. Ni Sol, ni lluvia, solo la sensación de que no importaba si lo que escribía era bueno o malo, porque iba a ser real”

6 promesas y 6 peticiones.

Por Sol

Por Luna

Por Miedo

Por Ilusión

Por El

Por Ella

JM