Impuntualidad

Habíamos quedado a las dos
de todos los días del año
en los que no apareciste.

Tu siempre tan puntual
en algún lugar del mundo
en el que yo ya no te espero.

 

Irene X

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Cuatro cuerdas y el pringao de Paul

Eres una persona especial. No para mí, sino para la vida, para las personas que saben o intentan vivirla.
Un 31 de agosto. Córdoba, una guitarra y tú.
Iluminaste plazas y llenabais de sonidos salones de barrio.
Continuasteis mis vacaciones unos días más, como si de una terapia pre-rutina tratase.

Te escribo porque no es 2019 y no he escuchado esa grabación de una tarde en Córdoba con LOS CACOH PUETOH.
Pero he oído las risas y han conseguido hacerme reír un día cualquiera de mayo de 2018.
Te dije que llegarias a ser alguien grande. Me equivoque.

Lo has sido siempre.

“Ahora ven” solo me recordaba a un pringado. Ahora por fin, solo me recuerda a ti (otro pringado, sí) y a volver a soñar.

Gracias por todo amigo. Sigue haciendo eso que haces,

que no es ni música,

ni libros,

ni terapias,

ni locuras.

sigue haciendo magia,

y demostrando que no hay ningún truco.

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Te quiere Marta Cordobesa Bailonga.

Cuatro o cinco momentos es todo lo que se necesita.

Un día conversé con una paloma que se había negado a volar. Cuando le pregunté por qué no bailaba con el viento se encogió de hombros y se limitó a decirme que las ardillas no vuelan. Tan confundida estaba con lo que creía ser que había olvidado mirar las nubes y tratar de alcanzarlas.

Una noche obervé un bosque arder. Cuando hable con la montaña me dijo que no encontraba otra forma de hacer que la oscuridad desapareciese. Mientras caminaba de vuelta a casa me compadecí de ella, no había sido capaz de iluminar el mundo sin destruirse a si misma y a todo lo que en ella vivía.

Una tarde reposé sobre un árbol y me fijé en que había dado la vuelta a sus hojas, dándole la espalda al sol. Cuando trate de decirle que de esa manera lo único que conseguiría era marchitarse y menguar, con indiferencia me respondió que me equivocaba, que no era capaz de comprender sus motivos y se refugió en lo profundo de sus raíces. Allí en silencio derramé una lágrima. Tanto le preocupaba cada una de sus hojas y de sus flores, que se había cerrado al mundo para centrarse en ellas y tenerlas vigiladas, aislándose del viento, de la luz y de la promesa de música escondida en los cánticos de cientos de pájaros que no podían descansar en sus ramas.

Una madrugada vi en la distancia una voraz tormenta desbocada. Cuando corrí tras ella y traté de alcanzarla, apretó el paso para tratar de dejarme atrás. Al preguntárle el por qué de su violencia, me confesó que allí por dónde pasaba, sembraba destrucción, y que por éllo trataba de ir más rápido, para estar lo menos posible sobre un lugar para evitar arrasarlo por completo. Me dije a mi mismo que aquello no tenía sentido, que no era capaz de ver que su naturaleza era destructiva cuanto más huía de ella, que en su carrera convertía brisas en tempestades. Que si se permitía elegir no ser un huracán sino un suave aire, podría visitar más lugares detenidamente, sin miedo a destrozarlos.

Una mañana di un paseo por las extensas orillas de una playa virgen sin nombre ni necesidad de tenerlo. Cuando traté de zambullirme en el mar, éste retrocedió repentinamente. Al conversar con él, me confesó que tiempo atrás había sido testigo de cómo varios barcos se hundían en sus frías aguas. Sentado en la arena me permití reflexionar sobre esas palabras. Tanto miedo tenía de que me ahogase que no había tenido tiempo por preocuparse en preguntarme si yo sabía nadar o no, y como consecuencia me negaba el placer de bucear entre sus corales, y a él mismo el placer de enseñármelos.

Cuatro o cinco momentos es todo lo que se necesita.

El momento en el que eliges seguir arrastrándote por el suelo, o mirar a tu lado y ver que tienes unas hermosas alas para surcar el cielo.

El momento en que decides entre usar la cerilla y prenderte fuego, o apagarla sabiendo que no hace falta brillar siempre, que la noche está para descansar y ya brillarás al amanecer.

El momento en el que puedes escoger entre darle la espalda al mundo y mirar tras un caparazón de hojas secas, o beber del sol para crecer y ser una referencia para tu entorno.

El momento en el que tienes la opción entre seguir huyendo y que nadie te alcance, o sosegar tu paso y poder disfrutar de lo que ves a tus pies.

El momento en el que puedes seguir bajando tu marea, o dejar que un caminante se refresque en tus aguas y nade con los delfines que en ellas viven.

Cuatro o cinco momentos es todo lo que se necesita para ser la mejor versión de ti mismo. Cuatro o cinco decisiones pueden marcar la diferencia entre conformarte con lo que crees que eres, o tener el valor de descubrir otra versión que puede ser mejor. En la vida, solo hay cuatro o cinco momentos que de verdad importan. Momentos en los que se te presenta una decisión. De hacer un sacrificio, superar una debilidad, ayudar a un amigo, perdonarse a uno mismo. En esos momentos, nada más importa.

Cuatro o cinco momentos es todo lo necesario para ser un héroe.

José M G R

Observo perplejo el manto de oscuridad que envuelve mi habitación, como una lluvia de notas ahogadas en un silencio nacido en la muerte de la luz, como un requiém a la esperanza perdida y los sueños quebrados.

Un vacío impuesto como respuesta a una pregunta lanzada al viento en un lugar donde todos escuchan atados a una pared con una mordaza en la boca y una prisión en sus ojos.

Y en esa nada absoluta, donde la vista parece ser una mordaz ironía, me aventuro a percibir rincones aún más profundos en los que esa misma inexistencia se arremolina de forma perversa y crea un vacío siniestro de formas que no son sino proyecciones de mis miedos.

En ese momento decido subirme al tren de los recuerdos y me veo de niño, corriendo por los pasillos de una casa que por más que habitase me parecía extraña. El zumbido en las entrañas llenaban de adrenalina mis músculos y me empujaban a salvar con brevedad la infinita distancia que separaba mi pánico de la tenue luz donde podía aspirar a la salvación. Tenía la extraña sensación de que a mis espaldas, cientos de seres peleaban por alzarse victoriosos en un debate sobre el derecho a devorar mi piel y mis huesos; y que sólo era una cuestión de tiempo que de las puertas hambrientas de las habitaciones por atravesar, una mano tenebrosa partiría mi cuello y se daría un festín con mi alma mortal. Así pues corría en ese pasillo oscuro en el que al final nunca pasaba nada.

¿Por qué le tememos a la oscuridad?

Es cierto que existe una explicación evolutiva. Somos unos seres con unos sentidos muy poco desarrollados en comparación al resto de nuestros cohabitantes, nuestra capacidad auditiva es una burla en comparación a la de un perro, nuestro olfato es despreciable hasta para un cerdo, y la vista resulta cómica si la comparamos con la de un gato para el que nuestra oscuridad no es más que un tenue atardecer.

En esa incapacidad de ver tras la caída del sol, el ser humano hubo de adaptarse a una vida diurna, donde desarrolló todas sus actividades primarias, en la que podía recibir la suficiente información para elaborar una respuesta aprovechando el poder de su cerebro superior, y así dominar el medio y moldearlo a su antojo. Pero la noche era el peligro, la noche significaba la muerte de un niño devorado por los lobos, de un padre despeñado por un acantilado que no pudo ver, de una amenaza constante de experiencias traumáticas para la supervivencia del individuo.

En la actualidad hemos llegado a dominar esos peligros, pero el recuerdo impreso en el subconsciente de nuestra especie sigue presente, aún teniendo la evidencia de una ausencia de depredadores en nuestros hogares, seguimos encogiéndonos de terror cuando un ruido fortuito decide dibujar un trazo en el silencio de nuestras habitaciones.

Aún así no podemos resignarnos a afirmar que todo responde a ese principio evolutivo, pues trascendimos las limitaciones de nuestros instintos miles de años atrás, cuando dominamos el fuego, la rueda y el lenguaje.

Creo que el temor a la oscuridad es una maldición que se ha instalado inherente en nuestra definición de seres racionales, porque la oscuridad es simplemente eso, ausencia de razón. Es el lugar donde no podemos obtener respuestas, una metáfora a nuestra insaciable hambre de conocimiento y la incapacidad de saciarla completamente.

Cuando miramos fijamente un punto de sombras arremolinadas, impenetrable, nos observamos a nosotros mismos, despidiendo a un ser querido que no sabemos si volveremos a ver. Ese vacío es un interrogante sonriendo a lo imperceptible de un futuro sin desvelar y al remordimiento de una decisión equivocada, un sueño del que despertamos sin saber cómo termina y un cargo de conciencia por no poder enmendar un error que nos acompaña en el presente.

Y ahora miro tu boca, miro esos ojos que tanto han iluminado mis noches, y veo oscuridad. Araño tus pensamientos y por las grietas de tu piel observo cómo se filtra un humo denso, una bruma que rodea cualquier respuesta que crea poder obtener y lo convierte todo en un negro absoluto, en una melodía sin notas y en un mar sin agua.

Veo ausencia de conocimiento, incapacidad de obtener una respuesta a los interrogantes que hace dos días parecía no tener discusión posible. Un vacío que responde a un te quiero con un golpe de mudo frío que desmenuza las palabras hasta convertirlas en sonidos sin despertar.

¿Qué había de cierto en esos brazos rodeando mi cintura? ¿Cuán cómoda estaba tu cabeza cuando reposaba sobre mi hombro, cuando se alzaba para encontrarse con mi mirada y dibujar un susurro de amor en tu rostro? ¿Cómo puede existir oscuridad en tus manos entrelazadas con las mías mientras me preguntabas cuánto te quería y exigias que te dijese unas palabras bonitas sobre las que mecerte y permitirte soñar?

Me pides que recuerde eso desde la distancia, que haga un acto de Fe y asimile que la persona que ha vivido conmigo los últimos meses era solo un producto químico que respondía a una fase de tu vida que no es la real, que tu no eres esa persona.

Y sonrío.

Sonrío porque me doy cuenta de que tu también hablas desde la oscuridad, porque tu eres esa niña que corre por los pasillos huyendo de esos monstruos que no existen, por el simple hecho de que hace miles de años tus antepasados morían en cazados en la noche. Sonrío porque en muchas ocasiones del pasado te has enfrentado a esa oscuridad y las respuestas que has obtenido han sido dolorosas, un fracaso que si bien algún día te aportaba felicidad, también te provocó dolor. Y esa experiencia te hizo conformarte en lo que eres creyendo que la mejor manera de parar un volcán es con un muro de hielo.

Necesitas una respuesta, aquí tienes la mía.

No puedes empeñarte en alzar tu voz sobre ti misma para reclamar un derecho a afirmar qué es lo que eres y qué es lo que no eres, para sentenciar que lo que has sido no es real y que lo que crees que lo es existe. Aleja de ti la ansiedad que pueda provocarte enfrentarte a una situación con las mismas armas que te enfrentaste tiempo atrás, pues quizás está vez el fuego con el que combatiste a unos lobos, lo estés usando contra un pájaro que, lejos de atrapar en sus mandíbulas tu libertad, esté tratando de alzarte sobre sus alas y enseñarte el mundo desde las alturas. No te dejes llevar por el miedo a lo desconocido creyendo que el puente que cruzas está lleno de tablones carcomidos apunto de desprenderse y precipitarte al vacío.

No sucumbas a tus instintos de supervivencia ni tengas miedo de obtener las respuestas que se ocultan en las sombras. A veces solo se necesita un poco de luz para transformar la noche en una primavera.

Yo soy un firme puente, extenso como un eterno pasillo iluminado con cientos de antorchas en el que viven miles de aves que están dispuestas a enseñarte que los lobos murieron en los recuerdos como también lo hicieron los instintos.

Y lo que has vivido en los últimos meses no es sino un pequeño paso de un perfecto caminar en la noche de nuestras vidas, bajo un cielo coronado por una luna llena que ilumina el sendero.

Una oscuridad para perderse, ella.

Una luz para encontrarse, el.

JM